martes, 3 de junio de 2014

 La Caja Ronca

La caja Ronca En Ibarra se dice de dos grandes amigos, Manuel y Carlos, a los cuales cierto día se les fue encomendado, por don Martín, un encargo el cual consistía en que llegasen hasta cierto potrero, sacasen agua de la acequia, y regasen la sementaría de papas de la familia, la cual estaba a punto de echarse a perder. Ya en la noche, muy noche, se les podía encontrar a los dos caminando entre los oscuros callejones, donde a medida que avanzaban, se escuchaba cada vez más intensamente el escalofriante "tararán-tararán".
Con los nervios de punta, decidieron ocultarse tras la pared de una casa abandonada, desde donde vivieron una escena que cambiaría sus vidas para siempre. Unos cuerpos flotantes encapuchados, con velas largas apagadas, cruzaron el lugar llevando una carroza montada por un ser temible de curvos cuernos, afilados dientes de lobo, y unos ojos de serpiente que inquietaban hasta el alma del más valiente. Siguiéndole, se lo podía ver a un individuo de blanco semblante, casi transparente, que tocaba una especie de tambor, del cual venía el escuchado "tararán-tararán". He aquí el horror, recordando ciertas historias contadas de boca de sus abuelitos y abuelitas, reconocieron el tambor que llevaba aquel ser blanquecino, era nada más ni nada menos que la legendaria caja ronca. Al ver este objeto tan nombrado por sus abuelos, los dos amigos, muertos de miedo, se desplomaron al instante. Minutos después, llenos de horror, Carlos y Manuel despertaron, mas la pesadilla no había llegado a su fin. Llevaban consigo, cogidos de la mano, una vela de aquellas que sostenían los seres
encapuchados, solo que no eran simples velas, para que no se olvidasen de aquel sueño de horror, dichas velas eran huesos fríos de muerto. Un llanto de desesperación despertó a los pocos vecinos del lugar. En aquel oscuro lugar, encontraron a los dos temblando de pies a cabeza murmurando ciertas palabras inentendibles, las que cesaron después de que las familias Domínguez y Guano luisa (los vecinos), hicieron todo intento por calmarlos. Después de ciertas discusiones entre dichas familias, los jóvenes regresaron a casa de don Martín al que le contaron lo ocurrido. Por supuesto, Martín no les creyó ni una palabra, tachándoles así de vagos. Después del incidente, nunca se volvió a oír el "tararán-tararán" entre las calles de Ibarra, pero la marca de aquella noche de terror, nunca se borrara en Manuel ni en Carlos. Ojalá así aprendan a no volver a rondar en la oscuridad a esas horas de la noche.


 El Diablo Huma


La palabra huma, significa en quichua "cabeza", por lo que su nombre es en castellano “cabeza de diablo”.

Cuenta la leyenda que en los días de Inti Raymi un hombre viudo, triste y solitario, después de la fiesta había empezado a dormir cuando de súbito escuchó el clamor del baile en el patio.

Se levantó dispuesto a ofrecer comida y chicha festiva, se detuvo antes de salir afuera. Algo anormal estaba sucediendo:


El zapateo de los bailadores hacía temblar el suelo, la música de las flautas parecía salir de todas partes y las voces de animación del baile se escuchaban como truenos.

Contempló que quienes bailaban eran unos seres de forma humana que tenían dos caras en la misma cabeza, grandes orejas y narices, sus cabellos eran muy desorganizados, como si estuvieran "parados". Algunos tenían en sus manos bastones, otros llevaban consigo churus o ushumpis y algunos tocaban la flauta con gran maestría. Al fijarse en los pies notó que tenían una especie como de pelaje y los dedos de los pies estaban detrás y los talones para adelante.

La aparición duró pocos instantes, y con la misma rapidez con que habían llegado desaparecieron.

Quedó tan impresionado con la extraña aparición que decidió confeccionarse una vestimenta igual. Tratando de recordar cada detalle empezó a bailar como "AYA" en cada Inti Raymi.

Cuentan que nunca se agotaba de los incansables bailes de días y noches seguidos, guiaba y animaba a los demás en todo momento. Cuando bailaba sus pies no tocaban el suelo.

Acostumbraba bañarse y dormir en estos días festivos junto a las cascadas, vertientes, lagos y lugares ceremoniales.


El Farol de la viuda


 La fémina viuda realizaba por decirlo así una hazaña heroica pues tenia que vérselas con peligros de la oscura noche,en ocasiones tenia que habérselas con los canes de “Taita Chamaco”; ya que sus muecas adquirían rasgos caricaturescos y jocosos cuando a veces a la luz de la luna, la noche era alumbrada por sus amarillentos rayos que dejaba ver el rostro de la heroína y viuda su faz demacrada.

Y, cuando ella apareció al tablado de sus andanzas, era una época de transición, la viuda alegre, cuya compañía hasta en cierto modo era su farol que se adelantaba a ella alumbrando el camino fogoso por el cual transitaba, hasta entrar en su aposento que decían se hallaba ubicado en el barrio de “El Vado”, tan proclive a las apariciones y fantasmas tétricos, y donde había además cerca de la cruz “la casa de los ruidos”, que con oportunas averiguaciones se llego a la conclusión, de que aquellos ruidos eran producidos, porque desde afuera, un conocido y respetado doctor, lanzaba unas cuantas piedrecillas a la ventana que daba al aposento de su “querida”


Los Gagones 


 Los gagones son como unos “guaguas perritos” (cachorros de pocos días de nacidos), al principio son cenicientos, lo que llamamos “chucuros” y con el tiempo van haciéndose negros hasta volverse “negro fino”. Se forman cuando se han “entreverado” (cohabitado) entre compadres o parientes y son las “almitas” de ellos que andan llorando por los caminos donde trajinan los que están “mal llevados” (amancebados). Salen para que alguna persona de “alma limpia” (persona pura que no ha delinquido contra la castidad) y que no sea manchada le aconseje para salvar esa almita y no se condenen.


Esto solo puede conseguirse al principio, pero cuando ya están negros, ya no tienen salvación. Las almas limpias cuando ven a los gagones les amarran con un cordel o les pintan la cara con negro de humo para ver al día siguiente cual ha sido el gag. Si las personas son pecadoras, el gagón les coge de la rodilla y les saca el huesito (rotula) y si el alma no es manchada le coge suavito.



Los que han querido coger al gagón estando en pecado no vuelven a hacer eso porque ya tienen miedo por el dolor a la rodilla. Cuando han cogido al gagón y le han tiznado esperan en ese lugar para ver quien pasa a la madrugada entre claro y oscuro, el rato que “arraya” (el momento que salen los primeros rayos del sol) el día le aconseja diciéndole: “usted está con este pecado, sepárese de esa mala amistad, para que no se condene y salve su alma”.


La misteriosa ciudad oculta del chimborazo 

Hace muchos años, en el tiempo de las grandes haciendas, había gente dedicada al servicio de la casa y de las tierras. Los vaqueros eran los hombres dedicados a cuidar a los toros de lidia que eran criados en las faldas del volcán Chimborazo.


Juan, uno de los vaqueros, se había criado desde muy pequeño en la hacienda. Recibió techo y trabajo, pero así mismo, los maltratos del mayordomo y del dueño.

Una mañana que cumplía su labor, los toros desaparecieron misteriosamente. Juan se desesperó porque sabía que el castigo sería terrible. Vagó horas y horas por el frío páramo, pero no encontró a los toros.

Totalmente abatido, se sentó junto a una gran piedra negra y se echó a llorar imaginando los latigazos que recibiría.

De pronto, en medio de la soledad más increíble del mundo, apareció un hombre muy alto y blanco, que le habló con dulzura:

-          ¿Por qué lloras hijito?

-          Se me han perdido unos toros –respondió Juan- después de reponerse del susto.

-          No te preocupes, yo me los llevé –dijo el hombre- vamos que te los voy a devolver.

Juan se puso de pie dispuesto a caminar, pero el hombre sonriendo tocó un lado de la piedra, y ésta se retiró ante sus ojos.

-          Sígueme –le ordenó.

Aquella roca realmente era la entrada a una gran cueva. Sin saber realmente cómo, Juan estuvo de pronto en medio de una hermosa ciudad escondida dentro de la montaña.

El vaquero miró construcciones que brillaban como si estuvieran hechas de hielo. La gente era alegre y disfrutaba de la lidia de toros.

El hombre alto le entregó los animales, le dio de comer frutas exquisitas, y como una forma de compensación le regaló unas mazorcas de maíz.

De la misma forma extraña en la que había llegado, pronto estuvo en el páramo, con los toros y las mazorcas.

Al llegar a la hacienda todos se burlaron de él por lo que consideraban una influencia del alcohol. Decepcionado, pero a la vez tranquilo por haberse librado de la paliza, Juan fue a su casa y sacó las mazorcas. Para su sorpresa eran de oro macizo.

Con este tesoro, el vaquero se compró una hacienda propia y se alejó para siempre del lugar donde le habían maltratado tanto.

Desde entonces, los campesinos y los turistas tratan desesperadamente de buscar la entrada a la ciudad del Chimborazo.


 

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